De crisis existencialistas y puntos de inflexión.

La vida es ese sinuoso y difícil camino en el que nunca sabes qué es lo que te va a deparar. A veces, el camino es sencillo, llevadero y agradable. Es más. Muy placentero y disfrutable. A eso es lo que aspiramos todos. Pero en otras, el sendero se va estrechando, oscureciendo, haciendo angosto y dificultoso, llegando a ser, en ciertas ocasiones, impracticable y mínimo, obligando a uno a cambiar de ruta, de recorrido.

Son esos momentos en los que uno, bien por las circunstancias personales, o por hechos que marcan nuestro devenir existencial, no acaba de encontrarse en este mundo. No acaba de sentirse a gusto con su realidad. Momentos en los que, bien por los condicionantes que nos rodean, o por situaciones inesperadas y traumáticas, uno se replantea su realidad, necesitando, en el mayor de los casos, un cambio, un dejar atrás, un empezar de nuevo, un modificar su panorama vital. Son puntos de inflexión. Crisis de identidad.

  Las dos películas que veo en mi última tarde de cine tienen en común protagonistas en pleno debacle vital y emocional. Las dos me convencen. Vamos con ellas.

“Límmensità”. (Dir: Emanuele Crialese):

Voy a ver “L´immensità” atraído por mi adorada, y musa Penélope, y por su buen recibimiento en la última Mostra de Venecia. Gozo mucho de su metraje. Me parece una película, aunque sencilla, muy bonita y disfrutable. Nos cuenta el difícil momento que vive la madre de una familia italiana (aunque ella tiene procedencia española) que se acaba de trasladar a un residencial del extrarradio en la Roma de los 70. La comunicación con su marido es mínima, por no decir nula. Algo que se ha venido complicando desde que su hija Adriana, la mayor de sus tres descendientes, ha decidido presentarse al mundo como un chico, Andrea.

Lo que vemos es un collage de estampas e imágenes de esa familia. De su día a día. Discusiones, momentos de alegría, escapadas veraniegas, tardes de juego, cenas y comidas, … No hay una trama muy complicada y ambiciosa, pero detrás de cada secuencia subyacen muchos temas de fondo. Desde la transexualidad al maltrato, desde la familia al bienestar existencial, desde el cambio físico, al cambio en el alma…

Me gusta pasar los minutos con esa madre y sus tres hijos. Disfruto de su complicidad y su día a día. Me río con ellos. También me emociono. Todo desprende verdad (cuenta la propia experiencia de su director, quien confesó en la Muestra de Venecia haber cambiado de sexo) y estéticamente es muy bella. Es una película, insisto, muy sencilla. Sin grandes pretensiones. Pero todo lo que se ve en ella deja un poso agradable. Es una cinta sensible, delicada, etérea, …

Su reparto está perfecto. Y Penélope vuelve a demostrar su belleza y fotogenia (la cámara la adora), bordando un precioso personaje bombón de “mamma italiana”. Le viene como guante al dedo. Y su presencia llena de brillo la pantalla.

Además, hay un muy sentido y original homenaje a Raffaella Carrá, lo cual no deja de ser un aliciente añadido.

Disfruto de este drama de personajes. Esperaba menos de ella. No sólo porque me vuelve a dar la mejor versión de Penélope, sino porque hay sinceridad y cariño en lo que se cuenta en ella.

“Un año, una noche”. (Dir: Isaki Lacuesta):

Si “L´immensità” me gusta, “Un año. Una noche” me encanta. Otro buen ejemplo de que nuestro cine español está “on fire”. De hecho, me resulta una obra redonda, inteligente, sutil, sensible, delicada, bella, dolorosa, hipnótica, magnética, veraz, aunque poética, interesantísima, … y muchas cosas más, sobre la crisis existencialista de una pareja tras sufrir una experiencia traumática.

Nuestros protagonistas son un dúo de enamorados jóvenes que verán como su vida cambia drásticamente tras sufrir un ataque terrorista en una sala de conciertos (la cinta reproduce los terribles hechos acontecidos en la sala Bataclán de París). El director no se centra tanto en el angustioso momento de aquella fatídica noche, sino en el calvario existencial que vivirá esta, anteriormente feliz, pareja. Asistiremos a ese proceso de duda, de angustia vital, de shock emocional, de congoja personal, al que se enfrentarán ambos dos. Cada uno afrontará la traumática experiencia de una manera, lo cual no hará más que dificultar un proceso ya de por sí duro y doloroso. En la mesa, mil temas: desde el amor, al trabajo, la familia, la pasión, el yo, la pareja, el futuro, el presente, el azar, el destino, la amistad, la muerte (¡Ay, la muerte!), el … Tantas cosas.

Directa. Certera. Bella. Triste. Casi perfecta. En gran medida a un par de actores, Noémie Merlant y Manuel Pérez Bicayart, que se dejan la piel en el asador. Perfectos.  Sería injusto no mencionar la brillante mano de su director, el siempre interesante Isaki Lacuesta. Trío de ases. Apuesta ganada.

Un drama, minimalista, pequeño, casi teatral, en forma, pero muy profundo y complejo en fondo, que habla de la vida, de los obstáculos de ésta, de los momentos en los que no todo en el horizonte está claro, de la fragilidad del alma, de la volatibilidad del cuerpo, … Una cinta para nada sencilla, pero tan dolorosa como hermosa, a golpe de lamento barroco (ese inicio y ese final) y “beat” rockero, que derrocha sabiduría y magia. Al menos para el que suscribe estas líneas, alguien que en ningún momento pudo separar la mirada de la pantalla.

Personalmente, de lo mejor del año. Una cinta lenta, pausada, condensada, pero muy, pero que muy sabia. Los que améis el cine de autor, no dejéis de ir a verla, os estrujará el alma.

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