España, Japón, la Chastain y los Oscars.

Lo sabíamos a principio de semana. ¡Qué alegría!! Tres grandes de muestro cine, Penélope Cruz, Javier Bardem y Alberto Iglesias, conseguían una nueva nominación para los Oscars. Y ya van cuatro. Cada uno de ellos. Y muy merecidas. Orgullo de España. Como Nadal en el Tenis, nuestro “Dream Team” patrio cinematográfico volverá a Hollywood para defender nuestra esencia. Y bien merecido. Porque ellos lo valen. Porque ellos son genialidad. Talento. Grandeza. ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Y bravo! No ganarán. No importa. Pero su mera presencia ya es toda una grandeza.

También estará un recién llegado, Alberto Mielgo, por su corto de animación “El limpiaparabrisas”. Quienes consiguen, asimismo, nominación es la cinta japonesa de la temporada. Y la que es, sin duda, una de las películas del año. No sólo alcanza su bien ganada candidatura a película extranjera, sino que da un paso más, alcanzando otras cuatro, incluidas la de Película, dirección (dejando fuera a Villeneuve, ahí es nada) y guion adaptado. Todo un logro para una cinta extranjera.

Otra que tampoco queda fuera es mi adorada la Chastain. Había mucha competencia en el apartado actriz y al final, junto a la Cruz, también merecidísima, se ganó su plaza. Echaron a la Gaga, que se le va a hacer. No hay espacio para todas y alguna se tendría que conformar con la nada. Así es la vida. Así los Oscar.

Pues, coincidiendo con todo ello, paso a comentar “Drive my car” y la nueva de Jessica, porque para eso es momentos de premios, de galardones temporada.

“Drive my car” (Dir.:  Ryûsuke Hamagochi):

Brillante, inteligente, sutil y elegante es este sobrio y minimalista en forma, drama japonés, porque en fondo no puede ser más complejo y potente, que gira en torno a las emociones humanas. Para vivir, hay que sufrir. No hay otra. Así de claro nos lo deja Hamagochi en esta cinta sobre el peso del pasado y de como para poder afrontar el presente no queda otra que asumir lo que dejamos atrás. Primero hay que entenderse a uno mismo, de donde viene, quién es, y luego ya pasamos a intentar comprender a los demás, no queda otra. Porque muchas veces los actos propios no tendrían sentido sin los de los otros, y viceversa. Una vez más la existencia, con sus luces y sombras, con sus alegrías y sus penas, sus emociones y angustias, sus verdades y mentiras, sus buenas nuevas y no tan gratas sorpresas, sus pasiones, sus deseos, sus miedos, sus traiciones, …

Todo ello contado a través de la historia de un actor-director que, tras perder a su mujer, se enfrenta a preparar una versión del “Tío Vania” de Chejov (obra que tendrá un gran peso en la cinta y cuya temática está totalmente entrelazada durante todo el metraje con la historia que muestra) en la ciudad de Hiroshima (potente metáfora de como para enfrentarse al día a día, no hay que olvidar nunca el terrible ayer; sólo así, habrá un mañana.). Allí conocerá a la que será su nueva chófer. Ambos entablarán una lección de amistad que cambiará la vida de ambos.

Un inteligentísimo guion, que va soltando información gota a gota y que finalmente interconecta todo de manera magistral, unos personajes fascinantes, llenos de claroscuros y mil aristas, que bordan unos impecables actores (a destacar a su protagonista, fantástico Hidetoshi Nishijima) hacen el resto.  Todo es perfecto. Nada falla.

En definitiva, tres horas, pero que pasan volando, de gran cine, mayúsculo, que no solo nos atrapan, fascinan y nos impiden desengancharnos nunca, sino que, encima, sirven de perfecto reflejo de la complejidad del alma humana.

¡Fantástica! No se la pierdan.

“Los ojos de Tammy Faye” / “The eyes of Tammy Faye” (Dir.:  Michael Sholwalter):

Y si la clave de “Drive my car” es un portentoso guion sobre la naturaleza humana, la de “Los ojos de Tammy Faye” es una actriz, la siempre fantástica Jessica Chastain. Ella se deja la piel y el alma en esta curiosa y amena cinta en torno a dos famosos telepredicadores estadounidenses que llegaron a crear todo un imperio, que contaba con cadena de televisión y parque temático, entre otras cosas, propios, y que vieron como sus años de grandeza se empezaron a ir a pique debido a problemas varios de infidelidad, desfalco monetario y despilfarre económico.  Una historia de ascenso y caída, al más puro estilo Norteamérica, pero con la peculiaridad de hablar de los que predican la fe en la caja catódica como si de la religiosa teletienda se tratara.

Una historia de lo más “freaky” y “raruna”, por otro lado interesante, que peca de cierto toque de “Documentos TV” y de una esencia un tanto bizarra, lo cual hace que un servidor, como espectador, no acabe estando enganchado del todo. La veo, me interesa, pero no me agita el alma.

Otra cosa es la Chastain (muy bien acompañada por Andrew Gradfield) quien me vuelve a demostrar que está sobrada de talento, encanto y ganas, amén de mucha valentía y riesgo, ya que su personaje le lleva a crear una interpretación al borde del esperpento y la sobreactuación, pero que ella clava llenando de emoción, gracia, desparpajo y soltura, y en la que se deja el alma. Muy bien Jessica Chastain, merecida es su nominación al Oscar, no tanto su drama.  Aunque, eso sí, pasas 120 minutos perplejo ante unos personajes y un ambiente que, en ningún momento, pudieras llegar a pensar que pudieran existir en este planeta, lo cual no es ninguna tontería.

En fin, lo que se llega a hacer tomando el nombre de Dios en vano. Nunca mejor dicho; “¡Que Dios les pille confesados!”. Bendita tú seas, eso sí, querida Mrs. Chastain.

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