Cuando lo antiguo se hace moderno

Curiosamente, las dos películas que elijo para mi sesión doble de esta semana comparten mucho en común. Ambas, formalmente están realizadas desde el mayor de los clasicismos, respiran aroma de cine de otro tiempo, son películas de época y parecen rodadas también en otra época, pero, curiosamente, ambas a su vez desprenden modernidad, por diferentes motivos (totalmente opuestos, ahí sí que difieren), por todos los poros, convirtiéndose en dos propuestas muy interesantes y recomendables dentro de la cartelera actual. Vamos con ellas directamente.

“Retrato de una mujer en llamas” / “Portrait of a lady on fire” (Dir: Céline Sciamma):

Brillante, inteligente, sutil, diferente y muy recomendable es esta propuesta que nos llega del país vecino y que revolucionó el Festival de Cannes de este año. Nos cuenta la historia de una mujer (Noémi Merlant) que será invitada a una isla en la Bretaña francesa en pleno siglo XVIII para retratar a otra mujer (Adèle Haenel) a punto de casarse, la cual no acepta su destino y, por lo tanto, tampoco se deja retratar. Para ello, la joven pintora, Marianne, se tendrá que pasar por una dama de compañía y observar a Heloïse a diario y, de esta manera, realizar el codiciado retrato que da título a la cinta. Lo que empieza siendo una relación profesional terminará siendo algo más. La historia es sencilla en su trama y en su puesta en escena. Casi teatral. Como si de una obra de cámara se tratara. 4 personajes, todas mujeres, en una casa de la nobleza. Nada más. Si escasos son sus escenarios (prácticamente una playa, una cocina y una habitación) también los son sus diálogos. Mínimos, directos, concisos. Todo desprende sencillez, pero también sutileza, belleza, inteligencia (dicen y hacen lo justo, poco, pero suficiente), romanticismo y poesía. Todo, como ya he dicho, de la manera más clásica en lo que a forma se refiere. Cine de época rodado en modo época (no con excentricidades a lo “La favorita”, obra, que todo hay que decirlo, también me encantó).

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            Sin embargo, cada uno de sus elementos están llenos de modernidad y de vanguardia. Sobre todo, por ese tan actual discurso de defensa a la mujer, tan aplicable aún hoy en día, en la que se nos muestra la realidad de esas féminas encorsetadas, castradas por las rígidas normas de la época, por la absurdas convenciones de género (que les llevaban incluso a mercadear con ellas; véase el concierto matrimonial que genera el conflicto) que les obligaban a no poder decidir por ellas mismas y, por supuesto, a no poder gozar de manera libre de su sexualidad.

Vanguardista en su discurso, pero también en su esencia, por mostrar un cine tan directo, tan desnudo, tan despojado de todo, que va al grano, a la esencia, al foco principal, olvidándose de todo ornamento ajeno a lo realmente importante: esas miradas, esa palabra, ese fuego (metáfora de lo que arde por dentro) y ese conflicto, el de dos mujeres que quieren decidir quiénes son, pero no les dejan.

Fantástica la historia y la puesta en escena, sus intenciones y sus imágenes, pero también sus dos actrices y el uso de la música (presente en escasos momentos, pero que bien introducida). Nunca Vivaldi llenó unas secuencias con tanta fuerza.

Mención aparte ese plano final. Redondo. Conciso y potente. Sobrio pero lleno de emoción (a raudales, comprensiblemente desmedida). Un plano definitivo para cerrar, por todo lo grande, una historia que nos ha tenido atrapados desde el minuto uno. Muy recomendable.

“El crack 0” (Dir: José Luis Garci):

El caso de la nueva película de Garci es totalmente diferente. Me recuerda a esos jerséis grandes de lana que llevaban antes nuestros abuelos y que ahora se calzan los modernos, o los hípsters, como se autodenominan en su idioma (el moderno), que llenan de radicalidad sus estudiados “looks” de los más “chics” del barrio. Su última película es tal cual. Me explico. Todo suena a anticuado, desde el guion a la puesta en escena, a impostación y teatralidad, a algo “demodé” y pasado de moda. Los diálogos que sueltan (con la mejor de las dicciones, todo hay que decirlo) cada uno de sus actores suena a acartonamiento y a cualquier cosa menos naturalidad (y no por la interpretación, que todos, como comentaré más adelante, están fantásticos, sino por las palabras, que parecen sacadas como de una novela, pero no de la cotidiana calle). Todo me resulta artificioso y falso. En definitiva, todo me huele a añejo. A ambiente apolillado. Pero, curiosamente, y, como ya comentaba en un graciosísimo “tweet” Javier Ocaña, crítico de cine de “El País”, todo es tan sumamente antiguo que parece que se da la vuelta y se convierte en pura y delirante modernidad (lo que comentaba anteriormente, lo de los sweaters viejunos de los “hípsters”).

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       Tal cual es lo que siento. A pesar de que lo que veo me resulta de otra época (incluso galaxia) siento una extraña sensación hipnótica que me “imanta” mi cerebro desde el primer fotograma y no me abandona hasta los títulos de créditos finales.  Disfruto, todavía no sé por qué, y mucho de sus imágenes. Me engancho a esos diálogos fuera de onda que acompañan una sencilla trama de “investigador trata de aclarar un supuesto suicidio” (nada emocionante, sino calmada y plana como la esencia de la película) en la que parece que puede estar más de una persona implicada. Me creo a todos sus actores (Patricia Vico, Luisa Gavasa, Pedro Casablanc, Miguel Ángel Muñoz, …), a pesar de que tengan que decir diálogos imposibles más propio de un serial o una fotonovela de los 70 (época en la que se sitúa) que de una película rodada con mentalidad actual. Me flipan esas imágenes de archivo de un nostálgico Madrid (ciudad en la que vivo y de la que siempre me he confesado un enamorado) en blanco y negro, con esa música “retro-clásica” que me recuerda a los viejos seriales que veíamos en “La 1” tipo “Anillos de Oro”.  Y salgo del cine sintiendo haber tenido una sensación extraña pero placentera. De haber visto una “marcianada” pero muy disfrutable. No Sobresaliente pero sí Notable. Más que correcta.

Eso sí, de Sobresaliente, y he de hacer una mención aparte, porque es de justicia, está su actor principal. Carlos Santos llena la pantalla con su buen hacer como ese inspector Areces. Persona de pocas palabras, casi inexpresivo, de gestos adustos y sencillos, de esos, como se dice en el filme, que están metidos para dentro y apenas pueden expresar nada. No es que lo haga bien. Lo borda. Y en él, creo yo, está un gran porcentaje del éxito del largometraje, ya que quieres acompañar al honesto y valiente detective, ese que se mueve siempre por motivos como la verdad y el deber allá donde su suerte (o mala fortuna) le lleven. Bravo, Carlos, pena de Banderas (que se sale en “Dolor y Gloria”) porque si no el Premio Goya al mejor actor de este año probablemente ya hubiera encontrado en ti su dueño.  Créanme. No miento. Palabra de “retro”moderno.

 

 

4 comentarios sobre “Cuando lo antiguo se hace moderno

  1. Muchas ganas de ver el retrato, de hecho por problemas con el sistema de entradas en San Sebastián me quedé a las puertas; y no descarto a Garci, sus últimos ejercicios-frikismos tipo “Holmes y Watson: Madrid days” me atraen en mi faceta más bizarra 😂😂

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