La magia del boxeo reside en que sigues combatiendo a pesar de los golpes que te puedan dar, o algo así decían en “Million Dollar Baby”, pensamiento que servía de perfecta metáfora de la vida. Porque en nuestro “ring” existencial la cosa va de eso, de seguir adelante a pesar de los golpes, de los reveses, de los varapalos, contratiempos y males, que nos vayan sobreviniendo. De no rendirse. De siempre tirar. De poner todas nuestras fuerzas y ahínco y no dejarse ganar, no claudicar. Y, si se puede en el camino, disfrutar, siempre disfrutar.
Para ello nos tendremos que adaptar a nuestro “contrincante” o, lo que es lo mismo, a las circunstancias de la vida, esas que nos vayan llegando y, que, en la mayoría de las ocasiones, no las hemos decidido nosotros. Todo ello en un proceso en el que además tendremos que plantarnos muchas cosas. Hacernos preguntas o filosofar. ¿Quién quiero ser yo? ¿Qué es lo que quiero para mí y mi alrededor? ¿Quién soy y en quién me quiero convertir? Todo ello en un desarrollo vivencial en el que puedo optar por “funcionar”, simplemente accionar y dejarme llevar, dejar las cosas estar, o, directamente, existir, ser, dejar a mi verdadero yo volar.
De los golpes de la vida y de los golpes en el ring hablan las dos películas que voy a ver después de las vacaciones. Dos películas antagónicas, pero con el nexo común de tratar el tema de sobrellevar los imprevistos, del adaptarse o morir. La primera una jugosa comedia filosófica argentina y la segunda un drama familiar deportivo de lo más emotivo y triste. Lo dicho, el ying y el yang. Ambas me gustan. Una más que otra. Vamos con ellas.

“Puan” (Dir: María Alché y Benjamn Naishtat):
Muy divertida es “Puan”, la historia de un profesor de la Universidad pública de Buenos Aires que verá como todo parece torcerse en su vida cuando el que era su mentor fallezca y tenga que aplicar a su cátedra teniendo como rival a un candidato más joven y moderno, a la par que bien preparado.
Me río mucho con cada una de las delirantes situaciones que se le empiezan a plantear a este hombre tranquilo que ve como su estabilidad profesional y emocional se ve sacudida y puesta en peligro. Lo paso en grande con esta comedia que no sólo plantea situaciones de lo más cómicas y tronchantes, sino que encima tiene mucha miga, poniendo sobre la mesa numerosos e interesantes temas. Habla de muchas cosas. De existir o sobrevivir, de resistir los embistes y golpetazos de la vida, de adaptarse o morir, de la eterna disyuntiva del ser o estar, de filosofía, por supuesto, de cuestionarse preguntas en esta vida o simplemente amoldarse a lo establecido y normalizado. De la lucha individual y colectiva ante las adversidades e injusticias. De la resistencia como sociedad y como individuo al mal que acecha.
Lo dicho, funciona como un reloj. No es perfecta (quizá por la diversidad de temas), pero, a parte de ser enormemente disfrutable y entretenida, recuerda al mejor cine argentino de siempre. Su guion tiene gracia y deja mella. Acierta en los debates que plantea. Y su reparto es redondo. Aunque no destacar a su actor principal, Marcelo Subiotto, sería una gran injusticia. Impecable. Perfecto como ese hombre tranquilo en busca de su propia paz. Tronchante. Delirante.
Lo dicho, no la tenía en el radar y me sorprendió gratamente.

“El clan de hierro” / “The iron Claw” (Dir: Sean Durkin):
De golpes en la vida, y en el ring, va también “El clan de hierro”, un drama deportivo basado en un caso real que nos habla de la familia Von Erich, famosa en el mundo de la lucha profesional en la década de los 80, no sólo por sus éxitos en el mundo del “Wrestling”, sino por su eterno halo de desgracia familiar.
Voy a verla porque los comentarios y críticas son muy buenos (estuvo incluso en el foco de los OSCAR de este año), la temática a priori me echa un poco para atrás (aunque luego pienso en la que es una de mis películas favoritas de Aronofski, “El luchador”, y me quito prejuicios). La veo y no puedo decir que sea una mala película, porque no lo es. Su guion cuenta de manera acertada y meticulosa los devenires de este clan de inseparables hermanos, hay maneras en la dirección de Sean Durkin y su joven reparto lo hace fenomenal (Zac Efron, Jeremy Allen White, Harris Dickinson, …a la cabeza). Es más, transmite emoción y es imposible no dejarse ser tocado por todo lo que les ocurre. Pero tampoco me encanta. Quizá su temática, el exceso de músculos y su largo metraje, no me acaben de atrapar del todo. Me dejan un poco “out”. Eso sí, lo que se cuenta está muy bien contado y se ve pasión en toda la producción. La veo con agrado, no la recordaré mucho. Para amantes de la lucha, perfecta. De los dramas de desgracias y grandes tragedias, lo mismo. No tanto para un servidor que, aunque la ve sin problema, esperaba algo más.
Usando el argot púgil, me mantuvo ágil, pero no me dejó KO, mis queridos “hoymevoyalcinemaniacos”. Así que, a seguir viendo cine y, si puede ser, esperar salir de la sala realmente noqueado.
