A medias

A medias, como en “el medio de los chichos” (como decía la canción), “in between” o “in the middle of nowhere” (como dirían los ingleses), a medio camino, en la mitad, totalmente dividido, ni conforme ni lo contrario, de esa incómoda guisa me quedo con las dos películas que elijo para mi última sesión doble. Y es que a veces pasa, que vas a ver obras que tiene muchas cosas buenas, pero que también tienen lo suyo en cuanto aspectos negativos se refieren. Obras que te dejan confuso, confundido. Que ni te gustan que ni te disgustan, al menos del todo. Y que no sabes muy bien cual es la sensación definitiva que tienes de ellas. Ni bien ni mal. Tampoco regular. Ni fu ni fa. Ni lo siguiente. Tampoco lo contrario. Obras que no te dejan indiferente pero que en ningún momento te llenan como para poder recomendarlas. Vamos con ella.

“EMA” (Dir: Pablo Larraín):

Muchas eras las ganas que tenía de ver lo nuevo de Pablo Larraín. Me encanta su cine (os recomiendo algunas de sus obras como “No”, “Neruda” o “Jackie”, entre otras) y desde que se estrenó su nuevo largometraje en el último festival de Venecia todo era curiosidad por ver el resultado. Más aún, cuando todos los comentarios generados desde su estreno eran de todo tipo menos del de políticamente correcto. “Punk”, “Inclasificable”, “Diferente”, “Radical”, … son algunos de los términos que había leído en relación con esta obra. Y, tal cual, porque si algo tiene “EMA” es que es todo menos convencional, aunque eso no signifique siempre ser algo positivo; si algo tiene la nueva creación del autor chileno es que te deja de todo menos indiferente, aunque eso no siempre sea para bien; si algo tiene esta historia de una bailarina, absolutamente libre (en la danza y en la vida), la cual como mejor se expresa es bailando ritmos urbanos a golpe de reguetón  y que vive en pareja junto a un afamado coreógrafo,  que intentará dar sentido a su vida después de un desafortunado episodio en su maternidad, es que es todo menos  tradicional, aunque no por ello vaya salir airosa, dicha película, del atrevido experimento.

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      Me explico. Hay muchas cosas que me gustan de “EMA”.  Para empezar su riesgo, valentía y osadía. A hacer algo fuera de la norma, de lo prestablecido, de lo convencional e incluso correcto. Su sed de vanguardia (virtud que será, a su vez, su peor mal, todo sea dicho) y su kamikaze necesidad de provocación ennoblecen al filme y a su director, quien hace una clara declaración de intenciones al presentarse como alguien que no se quiere acomodar, que no desea estar en su zona de confort, un ser que no se quiere aburguesar y quedarse en el terreno de lo conocido. Siempre he defendido en este blog la bravura, las ganas de arriesgar aún a precio de despeñarse, de equivocarse. Y aquí vemos un claro ejemplo de ello. A eso, su locura, se le añade una hipnótica puesta en escena, una potente imaginería visual llena de significado metafórico y poesía que hace de la obra una película, sin dejar de ser inquietante, bonita de ver, bella. Unas imágenes llenas de fuerza que aún cobran más fuerza con el potente uso de la música (nunca el reguetón sonó, al menos para mí, también). A todo ello se añade una maquiavélica y rebuscada trama que una vez acabada la película (al principio no acaba de focalizar y uno está un rato despistado con el verdadero centro de esta) no deja de tener su aquel y que se cierra con un potente plano final que da sentido a todo lo que uno ha visto. Historia que, además, plantea temas interesantes como los límites de la libertad, la paternidad responsable o como afecta la maternidad a una relación. Para acabar, unos fantásticos actores (y bailarines) que llenan de verdad tan arriesgada y, a veces, descabellada propuesta.

Hasta ahí, todo bien. Pero ahora viene lo malo. Para arriesgar también hay que tener muy claro que uno va a salir ileso de cual sea la afronta, que uno va a caer de pie y acabar el entuerto en el que se haya metido de manera exitosa. No es el caso. Todo suena pretencioso, barroco, excesivo, forzado, fingido. Su necesidad de modernez, de ser un producto “cool” y diferente, marciano y un tanto fuera de los límites de lo tradicionalmente establecido, acaba dando por resultado una obra un tanto forzada, deslavazada, en algunos casos hasta vergonzosa (hay ciertos diálogos que dan pudor, por vergüenza ajena) y no del todo acertada y de gran calidad. Y me da pena, porque hay ganas y alma detrás del proyecto. Pero también mucho engolamiento y forzada modernidad. No acaba de convencerme. No acabo de sentir ni de creerme lo que me cuentan. A veces me fascina, lo reconozco, pero en muchos otros momentos rechazo absolutamente lo que ven mis ojos y escuchan mis oídos. Por eso que no se la pueda recomendar. Salvo para aquellos que busquen el cine más “outsider” y fuera de lo comercial. Para espíritus con ganas de radicalidad y vanguardia. Nadie más.

 

“Aguas Oscuras” / “Dark Waters” (Dir: Todd Haynes):

A “Aguas Oscuras”, la nueva película de Todd Haynes (“Carol”, “Lejos del Cielo”, …) le pasa precisamente todo lo contrario. La que viene a ser la versión masculina de “Erin Brockovich” pero sustituyendo a Julia Roberts por Mark Ruffalo, no deja de ser un correcto drama judicial, entretenido y de temática interesante (la destrucción del medioambiente y de nosotros, los humanos), que se ve sin problemas y con cierto atractivo. Pero todo es tan convencional, todo tan gris (desde la fotografía a la puesta en escena), todo tan tradicional, como el mundo de los bufetes y de los juicios en el que se inspira, que en ningún momento me exalta, me emociona, me perturba, me conmueve. Lo veo. Sin más. Paso un buen rato. Sin más. Vuelvo a casa un poco como he venido. Sin más. Quizá me hubiera hecho falta más chicha, más pasión, más fuego, como el que ponen sus dos actores principales, unos Mark Ruffalo y Anne Hathaway que se dejan toda la carne en el asador, para dar vida a esos dos personajes reales, el de un abogado que se enfrentó a una corporación química para defender la justicia y la honestidad ante un sistema corrupto y vil, en el que por dinero todo vale, y su mujer. La eterna historia de David contra Goliat, de pequeños contra gigantes. Bien contada pero no del todo explotada. Una buena trama, pero a la que le hubiera hecho falta más “vidilla”, para haber sido un filme vibrante, sobresaliente y no un mero y notable entretenimiento. Una pena, si así hubiera sido, hubiéramos vibrado todos; de esta manera, simplemente la vemos, la visionamos. Al menos eso es lo que a mí me ocurrió y eso es lo que yo le transmito. A ver si la semana que viene hay más suerte y doy fe de sensaciones más vibrantes y excitantes ante las películas elegidas.

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