Voy a ver una película que, aunque estaba en mi radar, las críticas eran muy buenas, no estaba entre mis prioridades, pero el horario era el que mejor me venía. Me encanta. Se llama “Vivir el momento” y es una película que invita a ello. A dejarnos de pensar en futuro y pasado y en vivir el instante. A aprovechar cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo, cada milésima de segundo, de nuestro tiempo porque no es infinito, como decía el poema: «sólo es eterno mientras dura”, y el viaje tiene su fin. A veces cuando uno menos se lo espera. Llega de sorpresa. Inesperado. Sin avisar.
Nada, pues, de pensar en términos de existencia de una manera horizontal. Sino vertical. El aquí y ahora. Nada de anclarse en el pasado. Hay que ir hacia adelante, caminar, sin miedo, progresar. Tampoco en trabajar siempre los tiempos verbales futuribles, porque quién sabe qué nos deparará el mañana. Centrémonos en el hoy. Y exprimámoslo al máximo. Cada despertar, cada desayuno, cada atasco, cada mañana laboral, cada comida, cada libro leído, cada película o serie vista, cada momento de relax, cada sesión de deporte, cada comida, cada manjar, cada sitio visitado, cada conversación, cada beso, caricia, abrazo, cada atardecer, cada anochecer, cada encuentro con nuestros amigos, cada reunión familiar, cada rato con nuestra pareja, con nuestros padres, con nuestros hijos, (podría poner tantas cosas) … en fin cada todo.
Vivir cada uno de los momentos de los que se compondrá nuestra vida, para que al final del camino, no nos lamentemos de que nuestra existencia no haya merecido la pena.

“Vivir el momento” / “We live in time” (Dir: John Crowley).
Río tanto como lloro en “Vivir lo nuestro”, una película preciosa que muestra la vida de una pareja desde que se conocen hasta que su bonita relación se ve complicada por la enfermedad de uno de ellos. Nos muestra el devenir de nuestros dos protagonistas no de una manera lineal sino como un montón de momentos alternos en tiempo que conforman un ingenioso collage, como a modo de álbum de fotos, que nos permite tener una clara de idea de lo que ha sido su bonita relación.
Hay dos cosas fantásticas en el filme. Una es un guion conciso e inteligente, que no dramatiza, y que equilibra a las mil maravillas comedia y drama, sin llegar a dramatizar nunca, que nos permite vivenciar y entender a las mil maravillas lo que ha sido la relación de nuestros dos protas, solo mostrándonos ciertos momentos cruciales de su relación. Es directo y sintético, pero lleno de jugo y acierto. Tiene miga. Fundamento. Salsa. Y su director, John Crowley, le sabe sacar oro, como ya lo hacía en su anterior película, la fantástica y muy recomendable “Brooklyn”.
La segunda es su excepcional pareja de protagonistas. Están fantásticos. Hay química desde el primer segundo y asistir a su derroche de talento interpretativo es un placer. Florence Pugh y Andrew Garfield lo bordan y verlos en pantalla en una historia tan divertida y triste, y tan bonita, es un auténtico placer. Yo la gozo con los dos.
A mí me cala. De hecho, me arrolla. Se me saltan las carcajadas. También no paran de brotarme las lágrimas. Y salgo tan feliz como hundido, pero reconfortado y con la idea de aprovechar, ya lo hago créanme, cada instante de lo que me queda de vida, hasta que se cuelgue mi cartel de META, de THE END, de FIN, por si acaso se acaba mañana. Que nunca se sabe…
Así que, a disfrutar, mis queridos “hoymevoyalcinemaniacos”, a gozar y a no dejar pasar por alto ninguno de cada nuestros instantes. Y a ir al cine, eso siempre, que es un motivo de disfrute más.
NOTA: Tengo pendiente hablaros de «Queer» (Regu), «Parthenope» (Muy bien), «A real pain» (Genial) y «Las vidas de Sing Sing» (Genial). Estar atentos.

Carpe Diem, aprovecha el momento, porque el futuro nadie lo posee!
(Dijo un sabio en su día, y es algo que se nos suele olvidar a menudo)
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Siempre carpe diem, siempre. Aprovechar el momento.
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