La madrugada del próximo domingo al lunes se entregarán, al fin, los preciados Oscar (ya escribiré un post en los próximos días sobre aquellas mis favoritas). Esas estatuillas doradas de importante valor para los que trabajan en Hollywood y para todos aquellos que nos consideramos cinéfilos. Independientemente de su subjetivo valor, cada uno puede tener su opinión, lo que sí está claro, como ya he comentado muchas veces en estos lares, es que, a aquellos que nos encanta el cine y no vamos de culturetas exclusivistas que no valoramos todo aquello que no lleve la etiqueta de cine de autor, la temporada de premios hasta esa gala final nos da mucha vidilla y nos tiene todo el año la mar de entretenidos. Que si empiezan los primeros rumores, que si vemos las películas, que si hacemos nuestras apuestas, que si nos decepcionamos cuando no nominan a los que nos hubiera gustado, que si nos emocionamos cuando entran en el quinteto final de candidatos, que si saltamos de alegría cuando ganan, que si nos venimos abajo cuando no, … En fin, todo un proceso, que, como insisto, nos mantiene encandilados y llenos de pasión.
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