Poirot, Erice y la educación en el cine.

Siempre he afirmado contundentemente la necesidad de introducir el cine como herramienta educativa vital en un centro de enseñanza. Muchas veces es mucho más directo que los alumnos vean un largometraje en concreto sobre tal o cual tema, que mil charlas o lecciones magistrales con palabras que se llevan el viento. Nada como un final contundente, radical y directo, de los que te hielan el alma, para entender el tema que sea: racismo, bullying, acoso, transexualidad, diferencia de clases, capitalismo extremo, violencia, … El cine es, sin duda, un elemento fundamental para entender la historia, nuestra sociedad, las diferentes culturas, religiones y maneras de entender el mundo, así como para trabajar conceptos básicos tan carentes en nuestra sociedad como sensibilidad, empatía o ponerse en el lugar del otro, así como educación, valga la redundancia. Y todo ello, sin moverse de una butaca. Siempre he confesado en estos lares que si hoy soy la persona que soy es en gran parte por el bien que me ha hecho el séptimo arte en mi vida, que no sólo me ha dado conocimiento y cultura, sino mucho saber estar, libertad de pensamiento y apertura de miras, entre otro millón de cosas.

Y empiezo hablando de ello porque en mi última sesión, precisamente, veo la falta de educación y de sensibilidad de muchos de los espectadores que comparten la sala con mi persona y familia. Bolsas ruidosas de patatas a un lado y engullidores (porque hay gente que no come, sino engulle, traga) de palomitas aparte, asisto atónito a la presencia de un grupo de niñas y adolescentes (tienen varias edades) que se comportan en la proyección como si estuvieran en su casa. Van con dos madres, que no sólo no les dicen nada, sino que se pasan la sesión guasapeando como si no hubiera mañana, entiendo con las otras madres ausentes en la sala, … Salen entran, se levantan, hablan cuando quieren, se cambian de sitio, … Creo que es un cumpleaños y termino yo haciéndome cargo, me sale la vena profesor, de cómo han de comportarse en la película. Lo consigo, las niñas terminan haciendo caso y paran, pero me cuesta desconectar de toda la primera parte.

La proyección continua con los flases de mil móviles y relojes digitales. Parece un concierto de COLDPLAY. ¿Dónde queda la mágica oscuridad de la sala? ¿A dónde va el poder ver un largometraje ajeno a cualquier estímulo lumínico que me conecte con el exterior? Da igual, imposible, a la gente, con perdón, se la sopla, y perdonen mis palabras. Ellos a su ajetreo de flases y mensajitos corta rollos. Entre ruidos y luces más que un cine parecen las ferias.

Y termina con una señora justo en la butaca de atrás que decide coger el teléfono y hablar durante media hora como si estuviera en plena calle, destrozándome, como al resto de los que estamos alrededor intentando sobrevivir a su desprejuiciada verborrea, todo el desenlace. Ni se inmuta. Habla con su allegado/a como si no hubiera nadie más a 1 kilómetro alrdedor. Cosas importantes. Nos dice a los atónitos espectadores de su área. No lo serían tanto, me digo a mi mismo, cuando no se ha movido de la butaca.

Salgo perdiendo la fe en la humanidad y viendo la extinción de nuestra raza por momentos. Y reafirmándome en mi pensamiento de más cine en las aulas. De verdad. Más cine en la vida de todos. Estoy seguro de que conseguiríamos una sociedad mucho más desarrollada y educada. Dicho esto, voy con las dos películas que intento ver esta semana.

“Misterio en Venecia” / “A haunting in Venecia” (Dir.: Kenneth Branagh):

Las siguientes palabras hacen referencia a los ratos que puede concentrarme durante la proyección.

Disfruto de la nueva entrega de Hércules Poirot que el señor Kenneth Branagh ha tenido a bien de regalarnos. Todo funciona en este nuevo filme que adapta a la pantalla las aventuras del famoso detective Poirot creadas por la siempre interesante e inteligente Agatha Christie. Hay misterio, una interesante trama al más puro estilo “Whodunit” (¿Quién lo hizo?), que mezcla asesinatos con temas paranormales y de espiritismo, una producción cuidadísima, con una Venecia de lo más oscura y fantasmagórica, y un reparto perfecto que clava ese “british stablishment” que tanto le pega a la obra/película. Me entretiene y me engancha. Creo, de hecho, que es la mejor de las que el director irlandés ha hecho para regenerar la saga, y ese toque de fantasmagoría y de espíritus atormentados de otro mundo, con elementos del cine de terror, beneficia un montón al largometraje.

También me parece muy interesante el sabroso debate que genera, encabezado por nuestro empático detective, sobre la dicotomía fe /razón u hombre/Dios. ¿Creer o no creer? Esa es la cuestión. Poirot, que no Shakespeare, tiene su respuesta, como todo, qué lince, clara.

Eso sí, la aplaudo sin que me resulte sobresaliente. Como en las anteriores, creo que tiene un toque acartonado y demasiado narrativo, fundamentado en el hecho de que me lo cuenten todo, todo el rato, más que hacérmelo vivenciar, que me resta pasión al visionado. Me parece un más que solvente y entretenido drama de misterio (ojalá muchas producciones pudieran decir lo mismo), sin ser la máxima representación del cine de esencia “Cluedística”. Para pasar una buena tarde de cine de entretenimiento con cierta esencia “halloweeniana”.

Un buen trabajo el de Branagh, fantástico en su faceta de director/actor, casi lo mejor de la peli. Disfrutable y de fácil y ameno visionado. Con sus sustos y sus giros de guion bien orquestados. Así que, si les gusta aquello de resolver misterios, no lo duden, este es su drama.

NOTA: De lo nuevo de Erice os puedo adelantar que me encantó. Que iba con mi recelo y me fascinó, se me agarró a la vista y al alma. Pero creo que, siendo tan sobresaliente su calidad, le dedicaré un post a su “Cierra los ojos” pasado o, quizá, mañana. Estén atentos, pues la peli lo merece. Es una obra magna. Hasta entonces pues, mis queridos “hoymevoyalcinemaniacos”.

4 comentarios sobre “Poirot, Erice y la educación en el cine.

  1. Pa’bernos matao!

    Pa’verte visto saliendo ese humo de las orejas 🙂
    Si es que los móviles inteligentes nos hacen tontos, está cada día más claro…

    Al menos apoyaron al cine, qué es lo que tú quieres, y acudieron a la sala… si es que pides demasiado :D:D:D

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    1. La verdad, Benja, es que podríamos hablar largo y tendido sobre el tema. Daría para tres cafés.
      Te puedo asegurar que nadie se alegra más que yo por ver una sala de cine llena. Me emociona y me llena. Mi padre me llegaba a decir cuando tenía el programa de radio que parecía que tenía acciones.
      Me intereso por el bien del cine hasta el punto de mirar si las salas están llenas o no, aunque yo ese día no vaya.
      Nada me haría más ilusión que el cine volviera a resurgir con fuerzas y atrajera a la gente en masas en estos tiempos de ocio solitario, tabletas y plataformas.
      Pero, eso sí, si eso es a base de gente maleducada en el cine, prefiero incluso que desaparezca. El fin no justifica a los medios y empezamos a vivir en una sociedad del todo vale en la que ciertos valores de saber estar se están perdiendo.
      No puedo con la mala educación y creo que es deber de todos el frenarla.
      Como ves, es un tema que me toca. Cuando quieras hablamos de ello largo y tendido.
      Un abrazo enorme, mi contrablogger.
      Felipe.

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  2. Uf, cómo te entiendo. Yo fui a ver «Misterio En Venecia» en una sesión de domingo a las 15:30 y en versión original. Resultado: mi hija, yo y otras seis personas en la sala. Y nos portamos todos bien, una maravilla 🙂 Pero ya evito las horas punta y los estrenos para no ponerme de mal humor.

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    1. No sabes lo que te entiendo, cinelibrista. Evito ya salas comerciales y a mis hijos ya los he convencido del VO, aunque en casa siempre lo veamos así, pero este día no se cuadró de esta manera, y qué desastre…. Eso sí, aprenderé para otras veces. No repito.
      Un saludo.
      Felipe.

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