Siempre he afirmado contundentemente la necesidad de introducir el cine como herramienta educativa vital en un centro de enseñanza. Muchas veces es mucho más directo que los alumnos vean un largometraje en concreto sobre tal o cual tema, que mil charlas o lecciones magistrales con palabras que se llevan el viento. Nada como un final contundente, radical y directo, de los que te hielan el alma, para entender el tema que sea: racismo, bullying, acoso, transexualidad, diferencia de clases, capitalismo extremo, violencia, … El cine es, sin duda, un elemento fundamental para entender la historia, nuestra sociedad, las diferentes culturas, religiones y maneras de entender el mundo, así como para trabajar conceptos básicos tan carentes en nuestra sociedad como sensibilidad, empatía o ponerse en el lugar del otro, así como educación, valga la redundancia. Y todo ello, sin moverse de una butaca. Siempre he confesado en estos lares que si hoy soy la persona que soy es en gran parte por el bien que me ha hecho el séptimo arte en mi vida, que no sólo me ha dado conocimiento y cultura, sino mucho saber estar, libertad de pensamiento y apertura de miras, entre otro millón de cosas.
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