Julia Roberts y “La cena”.

Es llegar el otoño y llenarse la cartelera de títulos de lo más interesantes y atractivos para saciar el entregado paladar del apasionado cinéfilo. Que si las mejores películas salidas de los Festivales de Cannes, Venecia, Toronto y San Sebastián, … Que si los largometrajes españoles más esperados del año, los cuales se verán las caras en los próximos Goya, … Que si los filmes que suenan en todas las quinielas para las nominaciones de los próximos Oscar.  En fin, que es un no parar, que uno no da… A veces se estrenan cintas interesantes por demás y al insaciable amante del cine, véase este humilde mortal, que no quiere perderse ni una, no le da la vida para ir al cine y estar al día en todo lo que necesita, quiere o le gustaría ver.

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Viajes apasionados y oníricos.

Voy a ver dos películas con muchas cosas en común. Las dos de cine de autor, creadas por dos directores muy en boga y carne de todo festival de cine que se precie. Ambas nos proponen dos viajes de alto periplo onírico, cargados de mucha sensualidad y de pasión. Dos películas que no dejan indiferente, por su complejidad y originalidad, así como sus arriesgadas propuestas. La primera “Parthenope”, del inclasificable Sorrentino. La otra “Queer”, del no menos especial Guadagnino. Dos creadores de los que siempre me interesa su cine. Eso sí, en este caso, una me gusta más que otra. Vamos con ellas.

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Guadagnino, el tenis y el deseo de sus “Rivales”.

Me encanta el tenis. También el cine del director Luca Guadagnino. Qué decir de tres talentos jóvenes tan brillantes como Zendaya, Mike Faist y Josh O´Connor (al que le dediqué el post anterior), sin duda, tres de los mejores y más prometedores actores de la actualidad. Así que ansiaba ver “Rivales” (“Challengers”, me gusta más el título original). Asisto al cine en el fin de semana del estreno. No puedo esperar más. Era sin duda una de mis pelis más esperadas. Acudo a la sala con la emoción de un niño en la previa de su cumpleaños. Nervioso por ver el resultado. Visiono todo un “partidazo” fílmico de emociones, dividido en tres sets y un “tie break”, hasta un emocionante “match point” final que sirve de redondo final, dejándome adentrar, a lo largo de su metraje, en los vericuetos de la carne y del alma, por un Guadagnino entregado a eso de analizar con bisturí la complejidad de las relaciones humanas. Cada punto cuenta, emociona, noquea, sacude, engancha… Salgo vibrando tras dos horas largas del mejor tenis y, lo más importante, del mejor cine. Esto es lo que me parece la película.

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